Mujer frente a fotografía
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Foto Stéphane Fugier |
Encuentra esa foto. Ellos. Las cicatrices de él le sonríen a su vestido, hay algo tácito en el aire. Duda. Quizá ese tiempo fuera una farsa. Vuelve a la imagen. Piensa el lo transitorio, en los sentidos prestados y en la muerte. Imagina la súplica frente a un mostrador divino “¿me puedo quedar con mis restos?” y la burocracia celestial que le responde “su cadáver no tiene el sello”. Pero no cree. Le parece una idea absurda, imbécil.
Ella desearía saber rezar, no ser más un ente huérfano. Se le hace insufrible la acumulación de horas. Una ausencia pegajosa la acaricia, es belleza pura que lame su sombra.
Se pregunta qué hace hablándole a una foto y le responde una puntada en el estómago, la militancia de lo inútil. Profesa el recuerdo de las manos de él sobre su espalda, su ropa desparramada como tratando de vestir lo obsceno. Vuelven el perfume de su nuca y las noches con gusto a té verde.
La foto pareció gritarle al fuego justo antes de ser papel.
Cobayas literarias

Al poco tiempo ya vivíamos juntos. Su fascinación por las palabras crecía cada noche aunque yo me sintiera a su lado un ser absurdo, empequeñecido, miserable. Viajaban hacia mí las tazas del café más exquisito, su cuerpo abanderaba mis sábanas y me emborrachaba de ella. Me apretaba contra sí desnuda, yo permanecía sin emitir sonido, entregado. Lo sospechaba contradictorio, “no puede ser” mascullaba, tanta belleza parecía una trampa infame. Pero luego me convencía porque si lo que llamaban felicidad existía, seguro olía como ella. Hallaba una fascinación extraña en mis oraciones y seguía perdiéndome en sus piernas sin encontrar la salida.
Hasta que llegó la hora. Una vez hubo terminado el escrutinio de mis cajones, espiado la última nota y analizado cualquier resto, lo presentí. Se acercó con un lápiz afilado a mi yugular y sentí miedo. Balbuceó “me dan asco los finales amables” y me lo hundió hasta el último capítulo.
Insecticida
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Foto Nicholas Hendrickx |
Te lo había dicho mil veces. Demasiados virus, venenos, armas, huecos y malos doctores: esta ciudad asesina. Y te reías de mí y me gustaban tanto tus dientes pequeños.
Nos habíamos estrellado muchas veces y en ninguna ocasión hubo queja. Llegué a pensar que te gustaba que no supiese conducir. Me pedías que te abrazara en el aire, preferías el riesgo.
A propósito: te tocaba buscar comida (...) Siempre existe una excusa perfecta para no hacerlo... Tu familia quiso saber cómo estaba después de lo que pasó, “con la pierna rota y sin ella” les dije. Luego, todo silencio. No volaba una mosca a pesar de que seguimos siendo millones.
Te hubiese encantado el dulce de membrillo esparcido por la acera. Aunque sea un sitio de riesgo y en tu honor, lo devoré. Llevé un poco en las patas por si se te hubiera dado por hacerte la muerta. Pero nada.
Reflexiono: esta vida parece una especie de suicidio asistido. No te rías de mi tremendismo, por tu estado no serías la más indicada (...) Los demás insisten en ello, no te enojes conmigo. Lo sé, un cambio de espacio, un cambio de... P L A F
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