viernes

El trámite

Hice esa fila interminable para renovar el documento de identidad. Al llegar a la ventanilla una señorita de tetas grandes balbuceó un "buenos días" sin convicción. Le entregué el formulario con mis datos y la foto carnet. Examinó varias veces su archivo, revolvió cajones e hizo un par de llamadas. Me entretuve oyendo los insultos de la gente que estaba detrás. Después de un rato la empleada acercó su escote a mi cara y afirmó de manera contundente “usted ha muerto de una enfermedad pulmonar”.
Hice las averiguaciones del caso, me sentí ridículo, pero no tenía pruebas de mi existencia. Al parecer me habían realizado una autopsia y enterrado en una localidad vecina así que pedí ver mi cuerpo. Los peritos y yo caminamos hasta el cementerio de Timisoara. Llegamos a las siete de la tarde de un día invernal. “Abríguese bien” me aconsejó el más bajo con un gesto burlón. Yo permanecí en silencio. Ambos llevaban un traje gris y se camuflaban con la bruma del parque, la niebla nos hacía invisibles a los tres.
El lugar al que llegamos parecía un hospedaje para viejos. Pregunté adónde estaba el cuidador. El petiso se rió moviendo toda la panza “andará borracho, tirado por ahí...”. Se miraron de reojo y seguimos el peregrinaje por los pasillos de tierra.
Minutos después llegamos a una piedra que ponía mi nombre. “Ahora tendrán que mostrarme que la tumba no está vacía, no?” dije mecánicamente, como si se tratara de otro. Me miraron con sorna, el más alto fue a buscar un par de palas y cavaron durante más de una hora.
Yo aproveché para recorrer el sitio. Los retratos incrustados en las placas me resultaban familiares. Regresé con el estómago revuelto, me costaba respirar.
“¿Y qué si tuvieran razón, si he muerto hace catorce años?” pensé. En ese caso la vida del más allá era igual a la anterior, “el cielo no puede ser esta mierda” me dije. Era evidente que se trataba de un error administrativo.
A medida que me acercaba a la tumba exhumada percibía el amontonamiento de barro presuntuoso como a punto de derrumbarse encima de mí. Los funcionarios descansaban apoyados en las palas y por sus fosas nasales se escapaba un sopor turbio. “¿Una caladita?” me convidó el lungo mostrando sus grandes dientes amarillos. El enano emitió una carcajada. “¡Abran esa caja de una puta vez!” grité fuera de mí. Obedecieron.
La tapa chirrió. A esa altura había anochecido completamente, un vaho podrido emanaba del barro. Sentí un alivio absurdo, “aquí no hay nada” llegué a decir. Y me desperté entre estas paredes de madera.

"Canciones de invierno" de Félix Viscarret (2004)





A.

Una voz arrugada te nombra
aunque ya no existas.
Voy quitándome los ojos
y en lo negro
germinan despojos, cuerpos al revés.
Son madres con vientres vaciados
que te sueñan.
¿Será así la muerte, compañera?
¿Será como un hueco
en el centro de uno mismo?

Tu pelo, tu dirección
se borran de la agenda.
Es el tiempo, vacío redondo
que cava y espera.

La ciudad esconde a sus muertos
y te dejo en paz.
Ojalá una tarde que no duela tanto
te encontrara por las calles
de otra vida en esta.

Poema rojo

No tengas miedo
cuando me acerque a tu sangre y me la beba,
cuando te muerda la pena,
y el silencio se llene de un crujido extraño.

Mi boca estallará con tu nombre.
Un murmullo te desvestirá en pedazos.
Y seré un sueño tuyo que se infiltra.
Drácula de amor, ensangrentado.

En esa soledad secreta
menos solos que siempre.
Para resurgir nocturnos,
refugiados del olvido.
Desarmados.
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Lapiedá bar

“S i te f u e r a s de u n a puta v e z no s e n t i r í a este v a c í o” gritaba el poeta borracho. Ella estaba lejos o no existía, eso apenas importaba. En ese antro se decía que el poco oxígeno y el olor a meo atenuaban los recuerdos, quizá por eso la escasa concurrencia acostumbraba convocar a sus fantasmas. Allí se les teñía por igual la ropa con el humo, eran todos espectros amarronados de diferente material. El poeta también. Hacía veinte años que su poesía consistía en encastrar piezas en una fábrica.
Esa madrugada una mujer ancha y pintarrajeada se le acercó y le dijo “soy yo, poeta”. El poeta cesó su monólogo aturdido y la miró como si revolviera cajones. Un momento después le sobó la pierna con delicadeza y descubrió las medias caladas. Los del tugurio festejaron que por fin se callara e hicieron bromas obscenas. El poeta miró el suelo y la mujer lo besó engrasándolo de fucsia. Un perfume le llenó los ojos de un agüita marrón. Ella se puso el abrigo con una cadencia triste, le acarició la cara y forzó un “no te quiero” antes de cruzar el bar. El poeta penó su taconeo, algunos juran que dijo "gracias".

Delicias conyugales


Impar

Le dolía esa pierna. No había quemazón más insoportable, lo aquejaba hacía años. Y encima los calambres se hacían cada vez más frecuentes. Se miró al espejo, pensó que ya era hora de afeitarse. Aquella cara había sido objeto de una conquista silenciosa, la tristeza avanzaba inexorable.
Que se hallaba enojado consigo mismo ya no era una novedad para nadie. Por qué mierda se empeñaba su cuerpo en extrañar lo inexistente, si físicamente no estaba, si el médico no había dudado un instante en amputar. La prótesis hacía que su vida siguiera siendo la que era y ese era el problema: antes del accidente su vida tampoco le gustaba, era como una fruta podrida en la boca, una especie de hambre sin estómago, de vacío constante.
Ella lo habría cuidado, se habría quedado a su lado. Hizo bien en mentirle. Ella quería hijos y eso era una locura. Seguro habría quién la quisiera tanto, pasaría el tiempo y lo entendería, claro que sí, era mejor que se largara, mejor así. Si no fuera por aquella tarde donde todo quedó en evidencia, donde bastaron tres segundos para que la moto le aplastara la pierna, nadie lo hubiese notado; hombres impares los hay por doquier. Pero una pérdida se sumó a la otra con una naturalidad inquietante, desde entonces no hubo más que ausencias hacinadas en los armarios.
Y para colmo los días de humedad se enfurecían los fantasmas y a él le dolían tanto Ella, los espejos rotos, la maldita pierna.

Don Salva

El señor Salvador dormía en la puerta de una farmacia, enfrente de una panadería que le brindaba sus cenas en bolsas de plástico.
Tenía casi setenta años y era una persona bastante alegre. Hacía tiempo que lo desvelaba una afición: recolectar palabras.
Cuando en la ciudad se estrellaba la última luz, Salvador ponía en marcha su carrito y recorría kilómetros en busca de letras pegoteadas y perdidas entre la basura.
Había quienes se deshacían de ellas por ser de temporadas pasadas; otros, debido a traumas familiares o cacofonías, había de todo. Sin embargo, las preferidas de Salvador eran las apolilladas ya que les colocaba remiendos semánticos y quedaban como nuevas.
En el bolsillo del saco guardaba un “CARAY” como si se tratara de una pieza de colección. Pero tenía otras especiales, insultos como “PELELE” seguían divirtiéndole mucho. Poseía en su haber tanto palabras enloquecidas como fósiles lingüísticos. Algunas mordían, otras simplemente lo ignoraban.
A veces las palabritas que hallaba estaban rotas o en mal estado. Las alimentaba con tinta si hacía falta y, de no haber más remedio, las enterraba en el parque construyendo una fosa pequeña para cada una.
Una noche abrió una caja de cartón y, entre cáscaras de papas y restos café, encontró “DIOS”. Al principio no dio crédito a lo que veía. La sacó con cuidado, la limpió con el puño y se la abrochó en el ojal. De regreso a la farmacia pensó todo el camino en lo que le acababa de suceder, también en que el estómago le hacía ruido. Se sintió algo cansado.
Fue al cruzar la avenida que no vio ese taxi, y la ambulancia llegó diez minutos tarde. Los testigos afirman que no encontraron manchas de tinta sobre el pavimento (todas las palabras salieron ilesas, según dicen, de puro milagro).

Desretrato

Con clavos en los ojos,
miro la pared.

Pienso en vos.

Los dedos
se beben mi sangre.
Tu boca viaja hacia mí

y besa mi piel amarga.

Luego todo me fagocita entera.
Quién me habrá mandado
a pensarte.

Ya disuelta en tu estómago,
te espío.
Me recordás
con los libros de inglés,
como si fuera aún aquella tarde.

Pero hoy estamos solos,
uno dentro del otro.

El recuerdo no es más
que un juego de cajas chinas.

Observamos paredes
y la tarde
aniquila retratos.
Los clavos se oxidan.

How to grow a carrot

Edén (Diálogo con El Tercer Hombre, de Gilda Manso)

En este caso, el Edén era su cuello y ella lo sabía. De allí habían sido expulsados los infieles.
Pero la fidelidad no tenía nada que ver con aparatos reproductivos ni cavidades, no. La única condición que ella ponía a sus amantes era no traicionarse a sí mismos. Y en su mayoría caían muertos como insectos, pegados a un veneno ególatra, lejos del deseo.
Ella los enterraba uno a uno. Su nuca se había convertido en un cementerio de hombres. Algunas noches creía sentir lenguas fantasma arrastrándose por su espalda, almas en pena en busca de identidad. Pero una ducha fría le devolvía la calma y se dormía.
Una tarde, mientras leía cerca de una ventana, algo le escoció debajo de la oreja y se rascó intensamente. Se miró la mano y debajo de sus uñas encontró restos de Polifemo. Era normal que se preguntara qué podía hacer un cíclope en su jardín y quién lo había invitado. Sin embargo lo primero que pensó fue que estaría lastimado y fue a encontrarse con él.
Detrás de un arbusto, cerca de su pelo, algo roncaba; ella se acercó despacito. Había leído sobre estos monstruos mitológicos pero no se imaginaba que dormidos tuvieran tal belleza. Se recostó a su lado y le acarició el ojo. Polifemo se despertó de mal humor porque tenía cosquillas. Se miraron. Es que Cortázar tenía razón, de muy cerca y respirando confundidos, eran dos los cíclopes. Tres ojos y dos cíclopes, pensó ella.

*En diálogo literario y experimental con el relato El Tercer Hombre, de Gilda Manso.

Dedicado a la bestia literaria, sin sábanas.

Futuro

Salía de la oficina cuando una vieja le cortó el paso y capturó su mano. Él no opuso resistencia y la ancianita recorrió con el dedo índice la primera línea de la palma izquierda. Luego le dijo “usté tendrá una vida mu’laaarga”.
El hombre le puso una moneda en el bote con un gesto de gratitud y comenzó sus cálculos mentales mientras se subía al coche. Le faltaban sólo treinta y tres años para terminar de pagar la hipoteca. Para entonces, sus hijos ya se habrían ido de casa y tendría más tiempo para gozar de cierta intimidad con su mujer. Terminó de convencerse al accionar el picaporte.
Su casa era un gran muro y él un fantasma con llave. Abandonó el maletín sobre el sofá y su esposa le dio la bienvenida a su manera “te has olvidado de pagar la luz”. Era una mujer enorme con ojos pequeñísimos. Besó su boca carnosa y se bebió todo el plato de sopa que ella le puso delante.
Poco después la mesa quedó mitad desierta, se continuó el silencio largo. Una náusea le subió desde el estómago. Los niños ya dormían. La rutina. Volvió a mirarse la mano, estaba sudada. Esa noche todo le resultaba particularmente triste. Observó la cercanía de las venas azules, se quitó la corbata. “Quién me habrá mandado a meter la nariz” suspiró, encerrado en el
futuro.

Hogueras



Los poetas plásticos
se otorgan distinciones
y se lamen con vehemencia
en hoteles de invierno.
Publican ciudades,
las ocupan con sus bronces
y escupen los carozos
desde balcones suicidas.

Abajo están los otros,
los que enguantan pies
y enzapatan manos,
minúsculos obreros
de fábricas dialécticas.
Contrabando de luces
en talleres sin ventanas
que pudren, hieden, molestan.
No les quedan a estos
trenes ni pelos por perder,
ni premios por ganar
que de verdad existan.
Mueren
malditos, despreciados, destripados
para que la Poesía viva.

El cuco


... Eran las once de la noche y ella no volvía. Los niños se reflejaron al espejo y vieron a dos enanos, uno de cuatro y otro de seis. Temían que al regresar descubriera la marca del pozo del jardín y algún rastro en la pala. La mujer era altísima y les preparaba café con leche templada. A veces no había más que eso para cenar. Ellos la observaban revolver el cacharro sobre el fuego y sentían que los entibiaba también.
... Ese lunes era demasiado tarde. No sabían encender la hornalla y se metieron en la cama vestidos. Pensaban que iba a retarlos por lo que habían hecho y, más que hambre, tenían miedo. El más grande se asomó a la ventana y vio acercarse una sombra. Esperó a que la cerradura hiciera el chirrido acostumbrado antes de volver a taparse.
... Una mano callosa recorrió las cuatro mejillas, se quitó los zapatos, les puso otra manta sobre la cama y apagó la luz.
... Mientras tanto, en el patio, al pie de un árbol, emergía un piquito del barro. A su lado, una pala de plástico. Y sobre ella la sombra del nido.

Puntos de vista

Él iba a rendirse, pero siempre existe un alma generosa.

Ojalá


Cose y busca unir las horas, pegarlas una a una. Sobre las grietas de su frente el tiempo descansa como un animal muerto.
En el cajón, escondido, Giovanni sonríe en la única foto rota. Después de la guerra todo él ha pasado a ser de papel, su perfume ya no existe.
Hace más de sesenta años que se lo repite en silencio “no volverá” aunque su carne, casi deshecha, no olvide la textura de sus manos.
Ahora está en la cocina sola, es invierno y la espío. Lee con dificultad en voz alta en un castellano extraño. Su cuerpo es un mapa de cicatrices, tiene una voz potente que le brota desde el estómago y un sentido del humor sobreviviente, igual que ella.
Cuando me acerco realizo el inventario: la radio de madrugada, el café con leche, la espalda encorvada, las manos tersas, un solo pulmón, mucho genio.
Me observa su fragilidad de hierro, se despide aunque bromee. Le sigo el juego y, como si fuera una anciana de juguete, le pinto las uñas.
Reflexiona como si hallara consuelo en el round final “tu sei molto simile a me”. Le aprieto la mano, “¡qué vanidosa resultaste!” le digo, mientras se me diluye un ojalá en la boca.

a la nonna

domingo

El cielo sobre Berlín (Wim Wenders, 1987)

viernes

Blatta orientalis


Observó cómo huía de la alcantarilla, la siguió en su recorrido. Esperó a tenerla cerca y la aplastó con un golpe limpio. Se sintió agudo por la maniobra. Las patas largas y espinosas crujieron bajo su pie. Le dio asco. Se la imaginó trepando a su sandalia, depositando sus cuatrocientos huevos en algún rincón del bar. Pensó que era lo que debía hacer.
Sobre las baldosas naranja, rodeándola, percibió una viscosidad. La examinó. Sus alas posteriores y anteriores se hallaban reventadas, al acercarse más la vio mover las antenas. Descubrió con horror pequeños ojitos que brillaban sobre un líquido marrón. Tragó saliva. Se inclinó y pudo intuir el chirrido de las piezas bucales, que masticaban de manera involuntaria. Después comprobó cómo se arrastraba con sus tripitas blancas colgándole de lado, cómo intentaba escapar con su medio cuerpo. Se sabía único testigo.
Tuvo ganas de vomitar, corrió a buscar la escoba. Quiso olvidarse pero no pudo. Un grito ahogado lo torturó, sin duda venía de detrás de la barra. Maldito animal, replicó con una bola en la garganta. La boca le dolía. Sintió un ahogo y bebió agua. Algo chillaba. Juntó fuerza e, invadido por una piedad absurda, se acercó otra vez. Había dibujado una traza de baba. Apretó los párpados ardientes, la frente le brillaba de sudor. Alzó el pie lo más alto que pudo, cerró los ojos y lo dejó caer, sinadvertirlasuelaprecipitándosesobreél.

Veyesa

Ella era un monstruo. Mueca siniestra, dos hoyos sostenidos por pómulos inexistentes, las manos como ganchos, el cabello verde sobre la espalda encorvada, la boca pegajosa y sin dientes, la cabeza achatada. Cicatrices que le cruzaban el pecho formando cruces, manchas en la piel, suturas de carnicero que hacían las veces de cejas.
Enfundada en sus botas, cruzaba la tarde. Nadie la miraba. Espantaba a los gatos negros del descampado. Su interior era un collage de tripas donde la sangre oxigenaba rincones inexplorados, intocables, solos.
Me contaron que no se reflejaba en el agua o que su imagen se había hundido a la primera de cuentas.
La mañana en que se vio por primera vez, gritó aterrorizada. Se llevó los ganchos a la planicie como no queriendo mirar. Había sorprendido a esa mujer común y corriente observándola.

Muro de Berlín II

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Nota especial: Bagua, Perú.

Artículo recomendado sobre la ANULACIÓN DE LAS LEYES PRIVATIZADORAS DE LAS TIERRAS DE LA AMAZONIA EN PERÚ. Lucha de los nativos amazónicos por la dignidad: las comunidades indígenas de la Amazonia (que reúnen a más de 300 mil nativos) se habían levantado contra el gobierno el 9 de abril exigiendo la derogación de nueve decretos-leyes dictados por el Ejecutivo que facilitaban el ingreso a las tierras indígenas de la Amazonia a las compañías petroleras y la venta de bosques selváticos a empresas madereras para la producción de biocombustibles.

En homenaje a sus muertos y detenidos.

Instante

Esta mañana tengo el cuerpo con sabor a sexo. Es suave, una mezcla de mirra, sal, vino negro. Te miro y pienso que sería mejor que me devuelvas el mate antes de que se enfríe. Quién sabe cuánto durará el temblor de la piel, la anestesia encima de la historia. Las tostadas se queman. Huelen a dolor tus párpados. Aunque los aprietes se escabulle, te envuelve la cara de miserias. Hay miguitas de pan sobre la mesa, la manteca se ablanda. El corazón golpea con violencia y las manos se me van, trepan a tus hombros para comprobar su temperatura. Te tranquilizás. Otra vez la factura de luz sin pagar. Quizá cuando todo esto termine, cuando volvamos a ser extraños, se me borre de la boca la textura de tu lengua. Hierve el agua de nuevo, hay gritos en la calle. Puede que esta sea la última mañana juntos. Suena el teléfono, ella no vive más aquí. Hoy te quiero más. Apagás el ordenador, ya has respondido todos los mails, tenés que irte. A mí me espera la ducha, simulacro del olvido.

Domingo

Necesita que algo le cuente sobre él. Lee un libro amarillo, mugriento, de poesía francesa. Busca encontrar su mirada negra, su inconformismo. No la contenta saber que está bien: quiere espiar sus pensamientos, lamer su cuerpo roto, sus lunares. Relee viejas cartas. Es domingo y ya no hay almuerzos familiares. La soledad de la casa le recuerda la propia. Llora reclinada sobre la mesa. En las cartas hay caricias. Se refugia en esa especie de madre muerta, en el recuerdo que la ampara del vacío que siente, el vacío de él. Sus palabras se han convertido en estructuras huecas. Dónde estarás. Por qué tan lejos. Una tristeza la fagocita. Sabe que si sigue pensando en él sonará el teléfono de un momento a otro, con cualquier pretexto, para saber cómo está. Ignora cómo detener esa nostalgia suicida. No aguanta sus excusas aún antes de oírlas. Quisiera convencerlo de que no lo perdonó, colgar. Aunque sea mentira, aunque el teléfono no suene.

Muro de Berlín

Quiero cantarte un beso, mas todo se confunde
entre un millón de huesos y derrumbes.
Así que el beso huye con ojos de reproche,
mientras la sangre fluye por las noches.
La muerte se ha regado por toda la pradera.
A aquel que la ha sembrado ¿qué le espera?
Dicen que el responsable nunca ha gastado cuernos,
sino un traje impecable en los infiernos.
Silvio Rodriguez

Definiciones


Blanco.

Color de lo obsceno.

Semilla íntima

de tu cuerpo en el mío.


Deseo.

Paraíso de carne

donde habita lo fugaz.


Instante.

Único
desacierto de la muerte.

Mujer frente a fotografía

Encuentra esa foto. Ellos. Las cicatrices de él le sonríen a su vestido, hay algo tácito en el aire. Duda. Quizá ese tiempo fuera una farsa. Vuelve a la imagen. Piensa el lo transitorio, en los sentidos prestados y en la muerte. Imagina la súplica frente a un mostrador divino “¿me puedo quedar con mis restos?” y la burocracia celestial que le responde “su cadáver no tiene el sello”. Pero no cree. Le parece una idea absurda, imbécil.
Ella desearía saber rezar, no ser más un ente huérfano. Se le hace insufrible la acumulación de horas. Una ausencia pegajosa la acaricia, es belleza pura que lame su sombra.
Se pregunta qué hace hablándole a una foto y le responde una puntada en el estómago, la militancia de lo inútil. Profesa el recuerdo de las manos de él sobre su espalda, su ropa desparramada como tratando de vestir lo obsceno. Vuelven el perfume de su nuca y las noches con gusto a té verde.
Por un instante la foto pareció gritarle al fuego, justo antes de que todo fuese papel muerto.

Cobayas literarias

Ella quería saber todo sobre mí. Lugares, miserias o mujeres amadas. Mis fobias y rencores, abandonos y defunciones, todo. Fue diligente, prodigiosa. Traspasó mi secretos más íntimos. Estudió los detalles de mi vida cama a cama, me siguió de cerca, lamió mis entrañas.
Al poco tiempo ya vivíamos juntos. Su fascinación por las palabras crecía cada noche aunque yo me sintiera a su lado un ser absurdo, empequeñecido, miserable. Viajaban hacia mí las tazas del café más exquisito, su cuerpo abanderaba mis sábanas y me emborrachaba de ella. Me apretaba contra sí desnuda, yo permanecía sin emitir sonido, entregado. Lo sospechaba contradictorio, “no puede ser” mascullaba, tanta belleza parecía una trampa infame. Pero luego me convencía porque si lo que llamaban felicidad existía, seguro olía como ella. Hallaba una fascinación extraña en mis oraciones y seguía perdiéndome en sus piernas sin encontrar la salida.
Hasta que llegó la hora. Una vez hubo terminado el escrutinio de mis cajones, espiado la última nota y analizado cualquier resto, lo presentí. Se acercó con un lápiz afilado a mi yugular y sentí miedo. Balbuceó “me dan asco los finales amables” y me lo hundió hasta el último capítulo.

Insecticida

La muerte es una infamia. Salí a caminar porque tu hueco se me hace insoportable y para hablarte sobra el cielo raso.
Te lo había dicho mil veces. Demasiados virus, venenos, armas, huecos y malos doctores: esta ciudad asesina. Y te reías de mí y me gustaban tanto tus dientes pequeños.
Nos habíamos estrellado muchas veces y en ninguna ocasión hubo queja. Llegué a pensar que te gustaba que no supiese conducir. Me pedías que te abrazara en el aire, preferías el riesgo.
A propósito: te tocaba buscar comida (...)
Siempre existe una excusa perfecta para no hacerlo... Tu familia quiso saber cómo estaba después de lo que pasó, “con la pierna rota y sin ella” les dije. Luego, todo silencio. No volaba una mosca a pesar de que seguimos siendo millones.
Te hubiese encantado el dulce de membrillo esparcido por la acera. Aunque sea un sitio de riesgo y en tu honor, lo devoré. Llevé un poco en las patas por si se te hubiera dado por hacerte la muerta. Pero nada.
Reflexiono: esta vida parece una especie de suicidio asistido. No te rías de mi tremendismo, por tu estado no serías la más indicada
(...) L
os demás insisten en ello, no te enojes conmigo. Lo sé, un cambio de espacio, un cambio de... P L A F

AeropuertAs

Mostró las uñas sobre la escalera metálica. Sentía el estómago reventado por dentro, un ardor que le revolvía antiguas sensaciones de placer. El olvido lo ensuciaba todo, se empeñaba en arrastrar cualquier bienestar hasta el borde de lo negro.
Con los pies lastimados tanteó el filo. Quizá se sentía más alta. Su cuerpo se erguía sobre llagas. Apretó los ojos para que no se escapara más agua. Su interior era una gran salina de la que se desprendía humedad. La abrazó un temblor. El frío cubrió su piel con un saco largo hasta los pies. Una desnudez total se agazapaba tras botones y telas. Ella, prisionera de sangre, era una animal ulcerado con forma de mujer.
Afuera la ciudad. Aeropuertos vacíos, desayunos con nadie, tardes de café sin sol y camas enormes.
Al fin consiguió escaparse de la maleta de carne. Subió presintiendo lo imposible, y se dejó llevar.

Simulacro

Aguardaba el turno. La sala estaba oscura, por debajo de la única puerta se escabullía un gemido. Sus huesos se apilaban con docilidad. Tenía una mueca pálida y las manos cruzadas en un ruego apóstata. Miraba al suelo. Las baldosas lustraban la tarde a través de las grietas abiertas. Había olor a desinfectante. El aire esterilizado le arremetía contra el pecho. Sudaba y una herida roja le mojaba la piel. Pronto lo llamarían por su nombre. Él era el último en esa procesión de butacas vacías del consultorio. Aliviado, mareado, contaba manchas en la pared: hematomas de humedad. Cerca, una mesa con revistas rotas. Más lejos, una pequeña ventana que miraba la tarde. Sentía miedo. Un papel se le arrugaba en el bolsillo del saco.
Para cuando la voz de esa mujer lo despertó, le quedaban horas.




Khoda from Reza Dolatabadi on Vimeo.

Latitud

Hice de todo por recuperar mi identidad, y casi lo logro.
Había millones iguales a mí, sin embargo siempre había sentido una profunda soledad.
Con frecuencia iban a buscarme los otros, los de enfrente, para alistarme a la otra mitad. Me causaba gracia su porfía. Yo buscaba no pertenecer a eso que se empeñaban en llamar alternativa, y ninguna de las dos partes parecía entenderlo.
Hasta que una tarde, derramado en el suelo, la ví. Era desproporcionada, salvaje. Arrastraba troncos, golpeaba contra las piedras y me dije "es lo que siempre busqué". Se trataba del espíritu menos embotellado que había visto jamás. Quise preguntarle su nombre, pero ya se había ido. La seguí rodando. Deseé zambullirme en su piel revolucionaria.
Pero cuando estaba a punto de librarme de mi congoja, de probar mi intuición primigenia y de fundirme en ella, me encarceló un barrendero que antes de aplastarme me bautizó: puta lata.

Lluviantes

Desde los cristales sucios
reina la vereda sin vos.

En la memoria
hay lenguas que se queman.
Llueve.
Se perpetua esta baba furiosa
encima de los cuerpos.

Hoy
el diablo
derrama ángeles negros
sobre la ciudad.
Un muerto me crece
en las entrañas
y muerde
el pezón de la duda

¿te soñé?

Afuera
el desierto fluvial
bosqueja paraguas
y mi boca te inventa

para no secarse.



Taura vida

“Para los Aries, día asombroso”. El horóscopo era contundente aunque el señor Flores no creyera en los astros. Se levantó porque el sol ya le ardía y se secó el sudor. Abrió una bolsa de papel y alimentó a sus aves. La mayoría arrastraba alas enormes y sanguinolentas.
El señor Flores también sentía debilidad por los gatos del descampado y cada vez que podía les convidaba restos de pescado. Tenía a dos preferidos: uno era huraño y tuerto, el otro siempre aparecía cojo por peleas callejeras. Además había perros en el baldío. El más pequeño tenía un gruñido agudo que al señor Flores le provocaba risa, y lo dejaba dormir cerca de él. Ninguno tenía nombre y de cuando en cuando irrumpían atropellados. Todos parecían esperar su turno. Eso pensaba el señor Flores, mientras se agachaba con dificultad para llenarles el cubo con agua.
El señor tenía tres hijos, uno de ellos vivo. Le gustaban las tardes de sol y el sonido de las bicicletas al rodar por el cemento. A veces le venía toda la memoria de repente y se le metía en el zapato. Era una gran piedra gris, su memoria. Esa tarde se precipitó una tempestad mientras las tripas le hacían ruido. El señor Flores se refugió bajo la chapa. Después arrimó su banquito y lo secó con cuidado. Volvió a mirar las hojas sueltas del periódico y caviló “debe ser el diario de mañana”.

Carne

Lo conmovió su ternura rabiosa, esa voz que le acariciaba las entrañas a través del teléfono. No quiso esperar más y le dio su dirección.
El grifo goteaba. Ya lo repararía, ahora lo más importante era preparar la cena. Una mujer más volviéndolo loco, gastándole la boca con su sexo. Por qué tenía que pensar en Elena. Su propia vida no le pertenecía. Todavía digería el final. Una pila de libros esperaba su regreso, aún le dolían los rincones.
La desconocida había llamado a la puerta y pronto estaría a su mesa. Bebería vino antes de comer. Se sentiría abducido por su piel, por esa belleza animal que prometía exquisitez. Quedaría satisfecho, con la lengua áspera y platos por fregar. Y lo más importante: el recuerdo de Elena habría de borrase por un rato.
Al cruzar la puerta le quitó el abrigo rozando su espalda con los dedos. Las especias perfumaban la cocina, las ollas bullían con desesperación. Y allí estaba esa mujer y él desnudándola. Tenía unas piernas larguísimas que le recordaban a Elena. Muchos lunares, algunos quejidos, el agua herviente manchada de maquillaje.
Un par de horas después lo de siempre. Ella sobre la mesa con el punto de sal, él maldiciendo el goteo del grifo con el último bocado.

domingo

Engranajes


Los engranajes íntimos se oxidan.

Se mueren las agujas sin el alimento de la cuerda.

Tic tac, nos evaporamos en un sudor secreto.

Tic tac, muere nuestra carne diluida en tiempo.

Pero antes, un orgasmo;

y las piezas metálicas palpitan.

.

Y después sí,

que se vayan las horas a poblar otras cáscaras.

viernes

Puertas

Ella era un pasillo repleto de puertas. Allí transitaba soledades de la infancia, poseía un hombre oscuro clavado en el vientre.
El guardián de sus noches, harto de esa melancolía de picaportes, fue en busca del espectro. Lo hizo mientras ella dormía con las piernas enredadas en la sombra.
Sus yemas se revolcaron en el cuerpecito acurrucado junto a él con la secreta misión del asesinato. Y permaneció en vela, abrió clandestinamente puertas que chirriaban hasta escuchar la risa esperpéntica.
Al fin se encontró cara a cara con la fiera de sueño, y su monstruosidad no le pareció tal. Unos ojos negros le hablaron del horror, del encierro en esa mujer dormida. El hombre se retorcía con garras de juguete, el cazador quiso liberarlo. Unos segundos después sonó el escopetazo.

Cuestión de fe

Era diciembre y Dolores estaba harta de las luces navideñas y del verde y rojo de las guirnaldas en las calles. La tarde en que fue al centro comercial a buscar ese encargo, lo hizo de mala gana y con la añoranza de huir de la multitud lo antes posible.
Al entrar, no pudo evitar pasar por la librería. Fue hasta la parte de poesía francesa buscando un libro que llevarse en el próximo viaje. Entonces, detrás de ella, una voz cavernosa le susurró “Que procedas del cielo o del infierno, ¿qué importa?,¡Oh, Belleza! ¡Monstruo enorme, horroroso, ingenuo!”. Disimulando el estremecimiento, ella completó la frase de forma espontánea “Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta de un infinito que amo y jamás he conocido. Baudelaire ¡claro!”
A Dolores esa voz la conectó con una emoción profunda. Un extraño, aún sin rostro, era el causante de esa magia que exaltaba sus curvas, de esa provocación sensual, susurrante, hacia el infierno del amor.
Se giró para verlo. Una larga barba blanca (de seguro postiza) y un gorro rojo constituían el marco de la mirada que le atravesaba la piel. Se sintió ruborizada y un impulso extraño le hizo estirar la mano para saludarlo, “me llamo Dolores” le dijo. El hombre tomó su mano entre las suyas y murmuró con astucia “Nombre que no hace honor a su hechicera”. Ella se ruborizó por segunda vez.
A continuación, hablaron largo rato de sus vidas. Como extraños conocidos compartieron gustos literarios, opiniones políticas y conflictos internos. Cuando él se disculpó por tener que regresar al trabajo, ella supo que volverían a verse. Hacía tiempo que ningún hombre lograba disuadir la medida del tiempo y este había hecho que ocurriera: ya era tardísimo y debía regresar con la compra a casa.
Quedaron en verse al otro día en el la misma librería, en la parte de poesía española (él le hablaría sobre unos versos de Machado que quería dedicarle). Los días siguientes cumplieron su promesa de encanto. Bebieron café, charlaron hasta la madrugada y la última noche se besaron. Dolores había soñado con esa boca, con el vuelo que la conectaba con su vientre y esas manos exquisitas.
Tanto tiempo después, todavía recuerda con todo detalle esa última tarde. Era un 24 de diciembre y él no acudió a la cita. Supuso que se habría retrasado y lo esperó más de una hora en el sitio convenido. Quiso excusarlo, pensar que habría tenido un percance, que quizá no habría podido salir del trabajo o que su madre habría enfermado. En el fondo, nada rebatía la certeza íntima de que no volvería a verlo.
Fue hasta el centro comercial, lo buscó por todos los rincones. Llegó hasta el mostrador de la librería. Una chica de rostro pecoso la increpó con fingida amabilidad, “¿En qué puedo ayudarla?”. Pero Dolores, que no tenía tiempo ni ganas para cortesías, fue directo al grano: “¿Ha visto a Papá Noel?”. La chica se mojó los labios, la miró con desaire y, como prolongando un placer infantil, respondió “Papá Noel no existe”.
Alrededor, la multitud, ajena a todo, acarreaba turrones y niños con globos. En medio del barullo, Dolores pensó “Me lo temía”, mientras una lágrima le engrasaba el cristal de las gafas.

Bestias

En el zoológico de la ciudad japonesa de Hokkaido, reinaba una gran expectación: pronto habría nuevas crías. Con ese fin habían comprado a Tsuyoshi. Por otro lado, Kurumi, una hembra hermosa predispuesta al cortejo, esperaba en su jaula. Ella también había nacido en cautiverio y aceptaba su estado carcelario como un hecho natural.
El zoo ardía en esperanza de oseznos. Los niños se asomaban, animados por sus padres, para espiar a la pareja: un par de osos polares que se bañaban en la piscina. Nadie sospechaba esa piel negra debajo del pelaje atrayendo la radiación solar, tampoco conocían su hábitat ni su forma de vida. Allí se reducían a bestias ancestrales a las que el género humano había privado de identidad. Rastreaban en vano el aire en busca de crías de foca, mientras los visitantes aplaudían sus gruñidos y se entusiasmaban ante cualquier signo de desesperación. El Hombre contemplaba su obra maestra, la ferocidad del mundo rendida a sus pies.
Los cuidadores del zoológico municipal esperaron con paciencia la multiplicación del negocio. Pero había un problema: el animal visitante no daba signos de amor y cortejo hacia su pareja. Ellos, haciendo gala de su inteligencia, se obstinaron en que su naturaleza tarde o temprano cedería. Les llevó dos años advertir que Tsuyoshi también era hembra.

Perfume mecánico

Fue decidido a comprar una nariz. Había leído “gracias a las moléculas en estado gaseoso, los vapores pueden ser percibidos como olor”. Si era cierto y en el sentido del olfato intervenían el gusto, la vista y la memoria: se estaba perdiendo una parte vital de la existencia por no poder oler.
Imaginaba cómo sería ese mundo desconocido, los llamados perfumes. Los imaginaba con colores cálidos o verdosos, con crujidos, con texturas diversas. Todo resultaba insuficiente. Llegó al mostrador del local y señaló un aparato, luego apiló unas monedas en la mano del vendedor y salió.
Se colocó el dispositivo para experimentar qué era un olor. Lo primero que sintió fue náusea, después fue recuperándose y sólo le quedó un sabor amargo. Las voces eran ácidas; el roce con la gente le resultaba picante, insoportable. Volvió a la tienda, “el aparato no es el correcto” afirmó, ante la cara de asombro del vendedor, que lo miró con nostalgia como quién añora redescubrir el mundo, “es este otro el que usted necesita”, le dijo.
Afuera de la tienda esperaba la calle con su vaho metálico. Dios, detrás del mostrador, hizo el recuento de narices y suspiró, como cada día antes del cierre.

Banderas

"Dios, ¿Por qué no existes?" (Unamuno, Salmo I)
Había una vez un niño tácito.
Lo de siempre:
tierra seca, harapos, hermanos.

Trabajaba hasta ponerse el sol.
Mugre, sudor, soledad.

Su vida valía muy poco
según estimaban las cifras de oferta y demanda.

El niño tenía dueños caros y sueños raros.
Creía que Dios era una planta medicinal.

Lo habían convencido de que la
libertad no existía
aunque porfiados, cada nueve meses,
siguieran brotando de su madre hombres libres.


Culpables

Cuando entró a la casa la vio sentada en el sillón como siempre, la tele estaba encendida. No hubo nada que le llamase la atención salvo aquella mancha en el suelo. Se aguantó el reproche y pensó “es desordenada hasta para comer”. Ella le sonrió con escasa convicción e hizo un amague de beso, le advirtió “he cenado” mientras él apilaba los papeles con gesto parco.
El hombre caviló sin echar de menos el llanto de su hijo “qué alivio la casa en silencio”, se dijo . La sala estaba casi a oscuras y encendió una lámpara. Las sombras se dibujaron en el empapelado de manera filosa. Ignoró la mirada desorbitada de su esposa y el aliento ácido que expelía su mueca. En el cuarto, la cuna vacía olía a redención.


Complot para matar musas

Tenga paciencia, ya llegará el momento en que se aparezcan con su vocecita de siempre, exigiéndole que busque lápiz y papel, obligándolo a desaparecer de cualquier contexto social para satisfacer su demanda de escritura. Y esa será su oportunidad.

Nunca se enamore de una musa. Estos seres mitológicos son atractivos pero peligrosos, pueden dejarle el cuerpo hecho una ruina. No se fíe de su mirada amable, evite quedarse con ella -o ellas- a solas; encienda la tele o busque un best seller y enseguida huirán despavoridas.

Si ve a una mujer de belleza extraña puede ser una musa disfrazada, tenga cuidado. Son muy perspicaces a la hora de camuflarse para obtener su fin. Resultan implacables en su deseo de apoderarse de su voz interior y, si no la detiene a tiempo, terminará escribiendo “para” ella.

Son inmunes a balas de plata, estacas, venenos, armas nucleares y se saben poderosas por ello. Pero no se aflija: mátelas con la indiferencia. Verá qué alivio le representa el papel en blanco.