Embrionaria

Mi cuero gotea
su semillita negra;
el cementerio carnívoro
desmigaja la redondez.

Y su no latido
trepa
por los infiernos del cerebro,
aunque
haya una tibieza confusa
en toda esa forma,
un resplandor
que huele aún a vida.

Es mentira.

La luz adultera su olor dulce.
Ya no hay una piel pequeña
ni existen ojos
dentro de mí.

Hoy
nos hallamos él y yo
en este duelo
sin padrinos
ni madrugadas
ni pistolas.

Y me atormenta el hueco.

Prosigue ahora su viaje
por mis pasillos rojos,
para intentar
su pulso
en otra tierra.


Reencarnación

Mientras le recortan los bordes, piensa en el karma. Tiene un presentimiento –o se miente–, en su próxima vida le tocará ser mosca. La pinza tose a su lado; ya se imagina con unas patitas hundidas en lo blando, eso le da un poco de gusto.
Pero el dolor la trae de vuelta a su vida transparente: algo sigue pudriéndose por dentro. Aguanta las lágrimas, mientras las maldiciones la atacan como mosquitos borrachos. Le tiembla la queratina, ahora sí tiene los minutos contados.
En un arrebato de coraje, el anciano le suplica al podólogo que la arranque, aunque ella se agarra con la lúnula lo mejor que puede. Finalmente, la uña varias veces encarnada se desprende de la matriz y va dejando un surco profundo, atormentado.
Vuelve a imaginarse las alitas, recién entonces se deja ir. 

Continuidad de los Borges


Una carcajada lo hizo temblar, así se dio cuenta de que alguien lo estaba soñando. Tenía las piernas hundidas en el barro y los dientes rotos, y le importaba poco si su existencia era producto del azar o si, puntualmente, un fulano lo había elegido para jugar con él.
Atinó a liberar la otra pierna del fango podrido; se dijo a ver si te gusta y se arrastró por las piedras de la orilla con una sensación de libertad, de ridícula libertad. Cómo podía sentirse libre si sólo existía en la imaginación de alguien, si no era más que el capricho de un sádico.
Recorrió lo que, seguramente, había sido una ciudad. La fauna de esas calles estaba compuesta por personas incompletas: los más afortunados tenían un solo ojo; los menos, aparecían mutilados o servían de alimento para los pájaros. A medida que pasaban las horas, el olor a pis de su ropa se transformaba en un vaho general y agrio.
Caminó entre cascotes, se detuvo ante lo único que halló sano: una caja. Tuvo cuidado de no patearla. Al asomarse, encontró pequeños cuerpos entrelazados, acabados de nacer. Un tipo alto le hizo una seña y no hubo tiempo para el asco. Corrió.
Con la camisa mugrienta y pegada a las costillas, paró en un baldío. Descansó entre la basura y volvió a arañarlo esa carcajada esperpéntica, proveniente como desde el fondo del cielo o de las piedras. Tuvo la frialdad de repasar minuciosamente la escena: el panorama era tan repulsivo que no sentía hambre ni sed, lo que supuso una ventaja a la hora de la escapatoria. Estaba tan sarnoso como el resto de perros y hombres, y cojeaba cada vez más, pero el suyo –lo intuía– era un narrador semi-omnisciente, allí adivinó un resquicio. Se imaginaba el cuerpo de quién le había dado el ser en reposo, revuelto en la tibieza de su silla o a punto de despertarse a las siete y media, cuando sonara el despertador. Él apenas era un juguete nacido para vivir esa vida; lo rondaba ese pensamiento mientras escalaba la basura, mientras criaturas virginales –apenas desprendidas de los juegos– lo esperaban con la boca húmeda. Escapaba de ese mundo que le acariciaba la entrepierna sin conocer su propio nombre o su nacionalidad. La sangre negra se le iba a chorros por las ampollas, pero era la del sádico la que lo impulsaba a seguir. Y siguió.
El resto de la noche se dedicó a buscar la puerta que lo conducía a su mentor. Derribó varias, furiosamente. Todas escondían migas de viviendas: azulejos, maderas, jirones de telas; tropezó con una navaja que se metió en el único bolsillo sano. Entonces, internado en ese edificio de moho, escuchó el ronquido. Al fin. Era un ruido omnímodo que hacía temblar las paredes y le otorgaba la pista definitiva.
Casi de inmediato echó abajo la última puerta y encontró el río. Ojalá no sepa nadar, repitió, ojalá no sepa nadar... Luego sintió cómo el agua turbia le entraba en los oídos, la nariz, la boca.
Se despertó a mi lado, empapado, impasible, crónico. Me miró con una pena rabiosa, sin perder la calma, sintiendo el peso del metal en su bolsillo.
Tampoco me moví.
El reloj marcaba las seis treinta cuando sentí el filo en la garganta.

Otra vez tormenta


Llovía sobre la cancha cuando le dije que se fuera. No puede ser que me arruines el fútbol cada martes, regurgité con mi pinta de alfeñique, mientras reparaba en las piernas torcidas y los botines embarrados. Atrás, la peña se burlaba de mí como siempre. Cada vez que ella venía de imprevisto y nos cortaba el rollo del partido, pasaba lo mismo: el Ruso hacía señas obscenas con las dos manos, Xavi me palmeaba el hombro y se reía, los porteros se encontraban a mitad de campo para cotillear y Rudy me gritaba Boludo, andá que la llamaste vos.
Pero hoy se terminó. Es hora de que sepas que soy cojo, qué danza de la lluvia ni leches.

Ese hijo

Allá en la noche
están creciendo ojos.
Una espuma redonda
derretida en el vientre.

El tiempo intuye piernas,
soledad, varias memorias.
Todo es un líquido profundo
ahogado en sí mismo.

Me sacudo el espanto,
salgo a matar voces:
aún caen los pechos
en la penumbra hirviente.

Hoy la vida es pequeña
y late en otro vientre.
La nostalgia carcome el óxido
de esta felicidad.

Yo aspiro la noche.
Mastico el smog húmedo
o vomito luces amarillas,
mientras las calles 
apenas me soportan.
Soy un esqueleto de párpados
que cierra el mundo
para sobrevivir.

Y calla en mí lo vacío
como mueren los barcos de papel.
Su blanco flota desmembrado
en este pozo llamado matriz.

Insecticidio

Bichos de alitas inmundas, con esos cuerpos regordetes cargados de larvas. Recuerdo cómo empezaron su invasión lenta hace algunos veranos. Primero, tímidamente, sobre los armarios de la cocina, después se instalaron en los placares; y en poco tiempo ya habían copado la nevera, el horno y hasta los rincones más disimulados de la ducha.
Sacabas del cajón un par de medias, abrías la tapa del inodoro o te hacías un té, y ahí estaban: sembrando sus gusanos por todos lados, cientos de bebecitos asquerosos que se arrastraban a sus anchas por paredes, platos y cubiertos.
Cuando los vi en el chocolate que guardaba en la caja fuerte –suizo, extrafino, con almendras enteras, ochenta y cinco por ciento cacao– estallé de ira. Fui a la ferretería, a la droguería, a la farmacia… Cargué un arsenal de veneno.
Ellos me esperaban en casa, como siempre, frotando amenazantes sus antenas. Ni bien entré, pude sentir cómo los miles de ojitos brillantes escudriñaban todos los rincones de mi ropa. Les dirigí una mirada que supieron comprender en seguida –no tenían un pelo de tontos–, así que sacudieron sus patitas y fruncieron el morro a la espera de que atacara primero; aunque yo me mantuve impasible y esperé (años de convivencia con ellos me habían enseñado lo propio de la especie: conocía su estrategia, había aprendido a moverme como uno más; podría decirse que casi tenía sus hábitos).
Esa misma noche rocié con veneno los armarios, la cama y la nevera. Coloqué trampas deliciosas a las que no podían resistirse. Lo sabía bien: en el fondo eran bichos débiles, ordinarios.
Podría haberme ido, pero me acomodé en el sillón y me serví un jugo de naranjas recién exprimido; paladeé el amargor con placer, mientras comprobaba en nuestras alitas los estertores de la muerte.

Hambror

David conocía su destino, pero tenía demasiada hambre para ser un cobarde. Durante horas, trazó surcos en las piedras y cruzó a llaga limpia el valle de Efes-damim.
Debajo del único manzano, encontró a Goliat, que dormía enroscado en su lanza. Lo reconoció por sus pies enormes y se sentó junto a él, procurando no romper la quietud.
Las tripas de David rugieron y el gigante abrió los ojos. En un acto automático, ambos alzaron los escudos. Solo se oyó el zumbido de una mosca que revoloteaba entre los dos.
Al ver que nadie atacaba primero, gigante y pequeño se buscaron la cara. Para su sorpresa, encontraron una mirada apacible detrás de los hierros, y se olfatearon como bestias en edad de jugar.
Una fruta madura pendía sobre ellos: la piel frutal era un imán para sus lenguas, mientras la mosca acompañaba con lascivia cada movimiento.
Cuando por fin estuvieron frente a frente, se desgusanaron las llagas. Luego David arremetió contra la carne roja y Goliat, mansamente, se dejó devorar.

Celebración


Es veinticuatro de diciembre. Los familiares entran en fila y cuelgan los abrigos como insectos educados. Las vecinas beben anís; alguna riñe a los chicos por jugar en las habitaciones, otra ojea el periódico del día anterior.
El perfume de los nardos adormece hasta los jarrones. Bajo los marcos de las puertas, los más allegados tertulian con complicidad, intuyen el banquete con un hueco en el estómago; las tazas fundan anillos de café en las repisas y una abuela se hurga la nariz.
En el patio techado, ahí donde prevalece el rojo de las velas,  hay un discreto tumulto de hipos y jadeos y se atrincheran conversaciones triviales.
Para entonces, las vecinas están casi borrachas y los niños más pecosos reclaman sus juguetes a los gritos. Algunos hombres miran de reojo los culos de las vecinas y la ancianita reza un padrenuestro,  mientras el viento despelota el árbol de navidad, refugiado inútilmente entre macetas.
Afuera la noche tiene un regusto verdoso, las luces dibujan fantasmas sobre el pavimento.
Carmela sale de la cocina rejuvenecida por el vestido negro y saluda a cada uno de los asistentes. Recién después los invita a acercarse a la mesa, donde el cadáver de su Héctor yace exquisito.

Deslumbrado

Las gafas estallaron contra el pavimento y rodé hasta el cordón. Varias personas se acercaron a ayudarme. La bicicleta se había convertido en  un enjambre de aluminio y cables, pero las luces continuaban encendidas.
Poco después del parte policial y hospitalario,  en la óptica me darían otra mala noticia: demorarían una semana en hacerme los cristales nuevos.
Al principio, caminaba por las calles con extremo cuidado, achicando los ojos para ver más nítido. La ciudad, las caras, los letreros resultaban de un vapor grisáceo que me angustiaba.
Pero con los días me fui acostumbrando a que las cerraduras se resistieran a mis llaves y el entorno me resultara desconocido. Mis gatos se habían transformado en aullidos de pelos, las vecinas cotillas habían perdido la boca, los libros de contabilidad eran difusos jeroglíficos. Mi vida, por primera vez, me resultaba excitante.
Cuando me miré al espejo y me vi sin arrugas, sin una marca de acné, sin pelos que sobresalieran de la nariz o de las orejas, seguí tomándole el gustillo al asunto.
Primero retrasé el ir a buscar las gafas nuevas; después puse excusas absurdas y finalmente decidí mandar al carajo a los de la óptica. En mi nuevo mundo no había lugar para detalles ni preocupaciones: las manchas en la ropa, la falta de botones, las grietas, los dientes torcidos, los agujeros, las expresiones agrias o dolorosas habían desaparecido. Por primera vez, la realidad poseía una textura arrulladora.
Cuando salí de la tienda con la bici nueva vi mi reflejo en un escaparate y hubiera jurado que ese hombre joven, seductor y elegante  –que era yo– sonreía.
Quizá por la emoción de sentir el viento en los ojos o por tanta claridad no reparé en esas ramas de palmeras con grandes pinches en los extremos, que caían sobre mi carril.
Luego me levantaron del suelo otra vez y descubrí este mundo negro, aún más perfecto que el anterior.
 

PuZle

Una mano con menos dedos busca entre escombros y al fin la encuentra. Su boca estalla en sonidos guturales. Reina un rumor, los ojos se desorbitan. La transporta hacia la cama enfundada en su camisón rojo, sucio, deformado.
Trozos de espejos revelan objetos despedazados, como recién nacidos. No hay nadie más. Una supervivencia tóxica sin patios, ni paredes, ni árboles. Solo perros que beben suciedad e insectos ladrándole a la noche.
Ahora se abrazan.
Él aprieta su espalda, ella le dibuja un débil botón en la camisa. Percibe el lino manchado, zumbidos, un sudor ácido. Puede leerle los labios: van a escaparse de esa ciudad destrozada, cruzar la frontera.
Él aparta restos del estallido y se ovilla a su lado. Le arden los brazos, las heridas de la mano aún chorrean. Busca el vientre de su mujer.
Ella lo sabe: debajo de la cama hay un agujero que la acerca a la tierra. Puede olerla a pesar del humo plástico.
Mientras en el cráter del techo navegan graznidos y pájaros, la mano de él se adormece sobre la sangre seca de su compañera. Una a una, las heridas van conformando un tejido.
La mañana llega más tarde de lo habitual y halla a un individuo de cuatro piernas, salivas y muchísimos dedos.

Prostibulario

La noche sudaba putas;
criaturas rojas
que manchaban los oídos.

Insomnes las maldecían,
y estallaban sus entrañas
con una caricia blanca.

En la tertulia prostibular
pechos, cinturas y nostalgia
irradiaban versos roídos.

Las musas prorrumpían,
una a una,
en las pollas ardidas,
en las lenguas sangrantes
de poetas huidizos.

Dentro del salón,
un silencio borracho
deformaba sus besos;
y la baba del reloj
les secaba el delirio.

Los espectros de sus hímenes
supuraban sueños,
mordían manzanas
con edénico oficio.

Eran coloradas, las putas poéticas.
Y cavaban la noche
para encontrar
sus nichos.

ApocaElipsis

Había un hombre 
debajo de la piel de esa mujer.
Tenía los ojos mal planchados.
Ella le lamía lo rojo,
mientras un dios desprolijo
babeaba estampitas.
Vivían en una ciudad
donde maridos y amantes
solían besarse
en la boca vaginal
de la hembra deseada.
El orgasmo les almizclaba la cama.
A veces
se intoxicaban con palabras
en bares o iglesias.
Así habitaban el tiempo
uno dentro de otro,
en hacinamientos imposibles.
Hasta que llegó la muerte
a envasarlos en cajitas.
Foto Antonio Más Morales

Atentación

Faltaban minutos para que él llegara. Ella se recogió el pelo y se examinó en el espejo del cuarto. Su boca se entreabría virgen de menjunjes labiales. Sentía la exquisitez de su piel, cómo la entrepierna le devoraba lo blanco del raso.
Se vistió y buscó la calle. Su gabardina escondía pezones altivos, la respiración le hinchaba el escote. A cada paso se decía “él está más cerca” y eso la hacía sonreírse, sus caderas pendulaban en un recuerdo acuoso.
Se detuvo frente a la iglesia y quedó inmersa en la pequeña multitud. Se fijó en los árboles de la plaza desnutridos de invierno, la sacudió un escalofrío.
Algunas mujeres le dieron la bienvenida en el pórtico. Una de ellas le besó las manos y luego se ubicó junto a las demás. Había rostros expectantes diseminados por los rincones. El viento volteaba las guirnaldas con que habían decorado el pueblo y hasta los niños correteaban con una felicidad apolillada.
La mujer se quitó la alianza que le estrangulaba el anular y la guardó en el bolso. Sintió un alivio orgásmico. Los pensamientos le llenaban el cuerpo de humedad. El perfume angélico –ella podía olerlo– resbalaba por su pubis, le hacía cosquillas. Volvió a pensar en él y en aquellas tardes de domingo.
A pocos metros, la iglesia derramaba el rumor de un rezo colectivo. Se persignó. El altavoz anunciaba la llegada del automóvil.
Besó el rosario que llevaba sobre el pecho, el mismo que le había regalado él antes de marchar. Apretó los dientes, recordó la textura de su espalda antes del traslado. Habían pasado años desde entonces. La soledad la atacaba de noche pero era el rezo el que la ayudaba a olvidar.
El coche negro se detuvo frente a ella y la puerta se abrió. Lo suponía al corriente de su matrimonio santo, del hecho que ahora fueran afines. En el interior del vehículo el cuero lustroso sostenía una masa amorfa y pálida. Sor Juana se reclinó, le tomó una mano y besó su anillo dorado.
Después lo miró con serenidad y dio fe de que el tiro de gracia le perforara la frente.

Maravilla

    Esa mañana Diana tenía las ojeras verdosas, el aliento viciado de tabaco y aún no se había peinado. Salió temprano a deambular junto a Feminum para que cumpliera con sus necesidades alejado de la alfombra de la sala.
    Al llegar al parque, sus zapatotes se hundieron en una masa marrón, fresca e inconsistente, y se puso visiblemente furiosa, tanto que ni su propio perro se atrevió a olfatearla. A pasos de allí identificó a un gran ovejero junto a un hombrecito, y los alcanzó:
    –Si no levanta eso, tendrá problemas –le espetó al gamulán del que sobresalía una frente prominente.
    –Ah, sí ¿y quién lo dice? –reaccionó el hombrecito emergiendo de su abrigo como un caracol rancio.
    Los labios malpintados de la mujer se arrugaron y la mirada se le achicó hasta límites insospechados:
    –Soy miembro de la liga de la justicia. O la recoge o se la hago comer.
    La risa del hombrecito le sacudió el gamulán. Ella añoró su avión inmaterial, la dureza de sus muslos, el tiempo en que los villanos aún tenían dignidad. Ahora se encontraba en la legión del mal con osteoporosis, dos ex maridos y una pensión miserable.
    Sintió pesadumbre por todo ello, pero cuando el hombrecito le dio la espalda se quitó el zapato amarronado y, con la ayuda de sus superpoderes, se lo dio en la cabeza. Feminum aulló como si gritara un gol. El hombrecito la puteó todavía aturdido, y soltó sin querer la cuerda de su ovejero que huyó tras una paloma.
    Ella había conseguido desarmarlo, lo que no era poco. Subió a un banco con aire triunfante y lo amenazó con el único zapato que le quedaba (de una punta prometedora). El hombrecito, tomándose aún la cabeza, le gritó bruja loca y corrió detrás de su perro para que no lo abandonase por un plumífero.
    “Cobarde” pensó ella, evocando la época en que tenía amigos de todos los confines cósmicos del universo. Lo único que deseaba ahora era regresar a su casa y sentarse a leer en el pequeño salón de la justicia.
    Entonces se bajó del banco con cuidado, extrajo el lazo invisible de su bolso y lo usó para atar al perro.

Caza

Una vela roja en el centro la mesa. Al costado, un recipiente con flores marchitas por la proximidad del fuego. Vajilla blanca con borde azul, dos copas: una manchada de bordó.
En la cocina humeaba una olla inmensa. Se subió a la silla y revolvió, los huesos empezaban a flotar en una salsa espesa. Había seguido al pie de la letra la receta hallada en el cajón, “Carne al ajillo”.
Ella llegaría de un momento a otro. Encendió la calefacción, barrió los pelos esparcidos por el suelo, sacó la basura. El fregadero era un cúmulo de utensilios sucios: trozar esa carne le había costado más de lo previsto. Valiéndose de una banqueta alcanzó el grifo, lo abrió y se dispuso a lavar. Cuando recién había enjabonado sonó el timbre. Puteó, se secó en la servilleta que llevaba por delantal.
Abrió la puerta y la vio extraña: de las grandes orejas le colgaban dos pendientes de plata y lapislázuli. Aun así la encontró bonita, los dientes le brillaban. Por su expresión entendió que tenía ganas de verlo. Lo primero que ella hizo al entrar fue beberse el agua del florero. A él no le importó su falta de elegancia: la familiaridad que mostraba en casa ajena le resultaba excitante. Una vez ubicada a la cabecera de la mesa, comenzó a roer un pan con semillas de sésamo. Él le ofreció guardarle el abrigo, ella se negó:
–No es un abrigo –le comunicó. Los dos rieron.
“Voy a ver qué es ese olor” masculló él. En la cocina la olla bullía con furia, el caldo rojo ya bañaba las hornallas. Mientras tanto, ella cavó un pozo pequeño al costado de la mesa y se agachó para orinar.
Él se subió a una silla y observó el cocido: vio brillar unos ojitos. “Carajo, olvidé quitárselos”, dijo y los pescó con una cuchara larga. Se quemó, rechinó los dientes y maldijo, después buscó el cesto de basura y se deshizo de esa última mirada de espanto.
La cena estaba lista y preparó un recipiente grande. Volcó la carne con algunas verduras alrededor. Lo llevó a la mesa a los saltos, haciendo equilibrio. Le preguntó a ella si prefería brazo o pierna. Ella respondió “lo primero”. Él se relamió los bigotes agradeciéndole al cazador el haberle perdonado la vida, y se sirvió más zanahorias.

ELLA

Foto Hans Bellmer
Unas piernas largas al lado del costurero, el ruido invisible de los cristales rotos, un hombre enfundado en un traje marrón. Fue al tomar la aguja que lo asaltaron los recuerdos de esa primera mujer y sus hombros transparentes. Mientras el hilo entraba rojo a través de los tejidos, se relamió los labios cuarteados y vino el sabor de sus muelas a alimentar la tarde. Se echó el pelo hacia atrás. La mecedora chirriaba y los hilos buscaban la salida, se desparramaban ebrios. De la segunda aparecieron sus muñecas, las delicadas manos de peluquera y las manchas de nicotina. Lo inmovilizó el amarillo. Pero el cuello de la siguiente desbarató ese flashback y el invierno se llenó de lunares, de cuerdas bucales que intentaba afinar.
Como un carnicero de la hermosura se abocó a la tarea de unir la espalda hasta que esa boca impune le prometió su lengua. Recordó su nombre pequeño, se secó el sudor. La aguja prosiguió por los jirones como una víbora de metal. El punto final era prometedor, llegarían luego aquellos pies diminutos a ultimar su obra.
Casi estaba lista. Los rizos rojos asomaban de la bolsa y los colocó donde debía. La habitación era una orgía de perfumes, el olor a formol se evaporaba.
Cortó el hilo con los dientes y la colocó de pie, las costuras no afeaban su naturaleza divina. Imaginó su voz, pasó su mano por las superficies rugosas y lo comprobó: la carne de su memoria era perfecta.

Necrópolis en junio

 Hoy
el agua cae a gritos.

Llevo
tu lengua en mi boca,
tu voz despedazada en la saliva
y algunos murmullos podridos
a fuerza de respirarte
tantas noches.

Este olvido huele a vos.

Tus lunares se burlan
y les prendo fuego en la memoria.
Una a una, las cenizas redondas
dibujan nuestra necrópolis querida.
Pero cada vez que me pierdo,
pateo las tumbas de tus flores
y beso a tus muertos.
Entro en los nichos alegres,
te muerdo la carne que queda
y nos reímos juntos de esa nada.

Malditas palabras gemidas
que aún germinan orgasmos
en mi espalda:
no puedo escaparme
de tu abrazo aunque quiera.

¿Para qué te has quedado
si te fuiste?
No lo comprendo.

Pero intentémoslo:
volvamos a despedirnos
hoy que el cielo es el cadáver de Dios.

Rastros

   Ella borra cualquier rastro. Quita sábanas manchadas, estruja trapos y restriega el suelo. Apenas localiza un pelo, lo toma entre sus dedos y lo acaricia como quien besa a un muerto querido. Ya no hay vestigios de medias sucias, de zapatos o de ropa desparramada. Los armarios han quedado vacíos. Sin embargo, algo que ha soñado le sigue temblando dentro.
  Esa mañana amaneció con los brazos acalambrados y la niña ya no existía. La oyó gemir y se clavó los dedos hasta sentir sus tripitas calientes, recordó su mirada negra y aspiró el olor a fantasma de la cuna. En el sueño, abrió cajones llenos de humedad. La angustia le oprimía el cuello: no sabía el nombre de su hijita ni su fecha de nacimiento, pero sentía las entrañas vaciadas, como llenas de una sangre blanda. Todo era espeso y mugriento en ese cuarto de hotel.
  Ahora vuelve al cubo de agua. Observa la negrura, lo que flota en la superficie pidiendo auxilio. Moja el trapo y quita las manchas una a una, las uñas se le rompen y ni cuenta se da. Quién dijo que los fantasmas no manchan, se pregunta, como si en su carne estuviera escrito un moho antiguo. Refriega las baldosas con la cara pegada al frío. Los brazos le exigen alimento humano y siente el hueco insoportable.
Foto Antonio Más Morales
  Un instante después las superficies opacas comienzan a mostrarle su contorno. Un espejo le devuelve su pelo negro, su figura de flores astrosas se proyecta sobre el cristal. Se tranquiliza, "sigo aquí”. Los pechos intactos le despuntan del cuerpo, sabe que no ha amamantado. Antes de cerrar la maleta revuelve bolsillos, necesita escribir. Desarruga un papel y por fin le cuenta a nadie lo que duele. Sólo putea contra la punta del lápiz que se quiebra cuando debe colocar el punto final.

Bestiario uno

Nadya tropezó (siempre se caía). Rodó por las escaleras perdiendo las uñas, el pelo larguísimo y negro se le enredó en la baranda. Mientras descendía por el caracol de hierro, maldijo las baldosas porque estaban embarradas (siempre llovía). Improvisó un poema sin sábanas, adonde iba no las echaría en falta. La cabeza le daba contra los escalones altos, uno a uno, un sonido seco. Entre ellos reinaba un vacío reconfortante.
No sangró. Los golpes le mezclaban los recuerdos, al fin y al cabo no eran tantos. Algunos huesos le crujían en la espalda pero no sintió dolor, el descenso parecía inagotable y empezaba a impacientarse (siempre se inquietaba).
Ya casi llegaba pero no, todavía no, quedaba un tramo más por bajar. A medida que resbalaba sobre el metal, su piel se poblaba de escamas. Por suerte, justo antes de que dejara de respirar, el opérculo comenzó a articularse. La aleta caudal le funcionaba también. Así que llegó a la humedad, infierno del agua. La muerte no era tan grave (nunca lo era).

Suicidio involuntario


Otra vez me distraje; yo era esa cucaracha y me maté sin querer.

Gastroexistencial

Foto Musa Rella
Amargo,
tu cuchillo
me unió los pe da zos.

Salté a la olla.

En la cocina
se hizo caldo mi piel.
El tiempo andaba hervido
y conté nuestras camas.

Te busqué.

Una cuchara
me llevó a tu boca.
Formé mi nombre con ampollas,
me deslicé por tu lengua.

Llegué a tus tripas.

Por fin sacié mi sospecha.
Nos hallé masticados:
B e s a d u m b r e
de cuerpos ensalivados
que no se odian.

B a s t a.

Estoy harta de olvidarte mañana.
Devuélveme,
                                                                    V o m
                                                                                Í
                                                                                  t
                                                                                A
                                                                            m
                                                                        E
                                                                       el alma,
                                                                     te lo suplico.

Destino

Cerró la última maleta, estaba pesada. La arrastró unos metros y el cierre explotó, “mierda” se dijo, y puteó al vacío como quién hace un conjuro hacia un dios torpe.
Estaba cansada. Ya era la hora, si no se apuraba perdería el autobús y también el avión, pero si se iba perdería todo lo demás. Era el gato el que la miraba recordándole todo eso: “basta, chinito, o te meto en la jaula ya mismo” lo increpó sin convicción, mientras el felino se lamía una pata gris.
Ana estaba segura de que ninguna pérdida era irrevocable salvo la del deseo, y deseaba cruzar el mar desde arriba para habitar su pasado. Ana pensaba todo eso mientras encintaba la valija y amenazaba al gato, mientras cerraba puertas y ventanas y comprobaba que bajo la cama sólo quedase un calcetín o alguna que otra foto blanquinegra.
Sonó el teléfono pero no atendió. Sabía que otra vez le rogarían que se quedase, que volviera, que esperase... “Esta vez no” se dijo, y arrastró el bulto más grande hasta la puerta de entrada. El gato maulló. “Es tarde, entra po” y resignado, el chinito se acomodó en la gran jaula saboreando su condición de nuevo preso.
Ana miró la hora y recordó caras, muchas caras, demasiadas, y se despidió de los fantasmas queridos. Bajó por el ascensor, se acercó hasta donde se depositaba la basura y arrojó las maletas al contenedor con cuidado de que no se abriera ninguna, para que no se escapase la que había sido. Después cruzó la calle, le advirtió al chinito “no digas una sola palabra” y paró el bus, estrenando mujer.

Cuándo voy a morir

Hace veinticinco años que el señor Álvarez vende seguros de vida. Cada día su mujer lo abandona para ir al trabajo; y al regresar él le pregunta “¿cómo te fue hoy?” mientras ella lo ignora con una disciplina admirable.
Tienen dos hijos y tres gatos que nadie alimenta. Mejor dicho, los hijos –de nueve y once años– suelen alimentar a los gatos y viceversa, ya que gatos y niños comen del mismo bote. Por lo general, Álvarez y su esposa son buenos padres: procuran tener siempre hígado enlatado en la alacena de la cocina.
En esta casa –al parecer– sólo gatos y niños viven conformes. Mientras sus padres trabajan, ellos juegan entremezclados y van a la escuela cuando no queda más remedio –los niños claro, porque los gatos aprenden solos.
La tarde en la que el señor Álvarez se quedó en absoluta soledad –es decir: sin su esposa ausente, con los hijos en el colegio y sus gatos fuera– encendió el ordenador y se dispuso a cultivar su intelecto en la nueva era. Navegando por la red, maldita la hora, se le ocurrió hacer el test de la compañía en la que trabaja. Fue allí cuando su vida se derrumbó.
La felicidad que el señor Álvarez imaginaba podría traducirse en dos palabras –que por cierto, nunca le escuché decir– NO y RENUNCIO. Sin embargo se consideraba muy afortunado de tener una vecina que envidiara una familia bien constituida como la suya, su televisor de pAsTa, de plasTa... de plasma –disculpe mis errores de tipeo– y un trabajo tan bien remunerado.
Pero esa tarde el señor Álvarez no se contentó con ello e hizo el test “¿
Cuándo voy a morir?” a la vez que cuatro millones de personas. Y en pocos minutos tuvo ante él el resultado.
“Es un juego”, pensaba mientras era conducido de forma inexorable al laberinto de su angustia. El señor Álvarez manchó el touchpad con lágrimas mugrientas y, antes de apagar el ordenador, trató de olvidar el resultado del test. Luego fueron llegando su mujer, sus hijos y sus gatos. Todos entraron por la misma puerta, en fila, mientras él se repetía “no soy inmortal, no soy inmortal, no soy inmortal”.

Esa puerta

Que se fuera con sus puertas a otra parte, que la dejara en paz. Se lo había gritado en la cara, lo había escupido con la voz negra esa última noche, cuando una saliva extraña se desparramó sobre la colcha. Con el agua podrida de su boca quería lavar la cama, la habitación, el mundo.
Ya no aguantaba más el pasado de él mordiéndole los talones. Un pasado de puertas, lleno de gemidos, murmullos y golpes que no la dejaban dormir. Eran como agujas en la cama, hilos de metal que mordían el silencio, las persianas. Mujeres que atacaban con vestidos de flores, espectros famélicos que le recorrían el sexo.
Noche a noche, la habitación se llenaba de ojos tras las cerraduras. La casa parecía un cementerio de pelucas humanas, de bocas y sudores que atravesaban las paredes, que espiaban. Al menor descuido, una mano blanquísima deslizándose por todo él. Por eso ella le había gritado con el estómago encogido, y luego no se dijo más.
Él recogió una a una sus mujeres antiguas. Dobló despacio cartas, fotos y voces, amontonó todo en una maletita y se fue.
Ella comprobó que le dejaba las llaves junto al jarrón chino. Eso la tranquilizó, volvió a la cama. Sobre el alféizar se derramaba un domingo de lluvia.

Recién después y en absoluta oscuridad, acarició sus pechos planos, sus caderas de madera, la cerradura húmeda. Sin encender la luz, se llevó las manos a la frente y tanteó perpleja el picaporte.

El balcón

La mañana en que Ernesto subió a la octava planta lo hizo por las escaleras, el ascensor le daba cierto repelús. Desde que llegó a esa finca jamás había saludado a los vecinos y no pensaba empezar ese día. No porque el barrio –y el mundo- le parecieran sitios despreciables, sino por su desproporcionada timidez que traicionaba cualquier intento de amabilidad.
Abrazado a la baranda y con un ligero mareo, vislumbró la primera puerta. Llegó hasta ella y llamó. Salió una mujer morocha de ojeras pronunciadas, con una cintura mínima y una boca que le ocupaba gran parte del rostro. Él no la recordaba tan bonita. “Soy Ernesto, el vecino del primero” le dijo. Ella se cerró la bata y le hizo una seña para que pasara.
Se sentaron uno frente al otro. Él sumergido en un sillón azul, ella en un banquito enquencle. “Usted dirá” le dijo, como si su garganta se abriera después de varios días de silencio. “Verá, siempre he tenido ganas de hablar con usted...” Ella lo miró con displicencia “No me diga que ha subido a mi casa para pedirme la mano. Llega tres años tarde” y masticó el resto de la ironía. “Su nota debajo de la puerta me sorprendió y no me animé a subir aquella vez” contestó él en tono de disculpa. Y luego prosiguió “Necesito pedirle un favor”. Ella caviló “¿Y por qué justamente a mí?” respondió, encendiendo un cigarro que le quedaba enorme. “Usted tiene la expresión de las buenas personas” respondió él con un ruego incómodo. Ella lo miró y quiso sonreír pero sintió la mandíbula endurecida.
Ernesto se hundió en un gran silencio. “¿Entonces?” inquirió ella. Él se acercó a su escote, le acarició el pelo con la mano temblorosa. Una gota de sudor le engrasaba la frente cuando por fin pudo decirle “Necesito que me preste su balcón”. Ella no lo rechazó, se quedó pensativa unos segundos quizá porque su contacto había implosionado algo íntimo. “Pero usted también tiene uno” argumentó. Ernesto se levantó, miró por la ventana. El barrio le parecía menos asqueroso desde tan arriba. Los techos rojos escondían el hedor del meo, las maledicencias y las juergas de la calle. Juntó valor, ambos estaban de pie, su cintura pequeña se transparentaba a través de la tela. Buscó su mirada, y como si se jugara la vida le dijo “Desde el mío sólo conseguiría romperme una pierna”.

Rutinario

El payaso se bajó de la cama, se quitó el pijama a rayas y se puso la piel.

El trámite

Hice esa fila interminable para renovar el documento de identidad. Al llegar a la ventanilla una señorita de tetas grandes balbuceó un "buenos días" sin convicción. Le entregué el formulario con mis datos y la foto carnet. Examinó varias veces su archivo, revolvió cajones e hizo un par de llamadas. Me entretuve oyendo los insultos de la gente que estaba detrás. Después de un rato la empleada acercó su escote a mi cara y afirmó de manera contundente “usted ha muerto de una enfermedad pulmonar”.
Hice las averiguaciones del caso, me sentí ridículo, pero no tenía pruebas de mi existencia. Al parecer me habían realizado una autopsia y enterrado en una localidad vecina así que pedí ver mi cuerpo. Los peritos y yo caminamos hasta el cementerio de Timisoara. Llegamos a las siete de la tarde de un día invernal. “Abríguese bien” me aconsejó el más bajo con un gesto burlón. Yo permanecí en silencio. Ambos llevaban un traje gris y se camuflaban con la bruma del parque, la niebla nos hacía invisibles a los tres.
El lugar al que llegamos parecía un hospedaje para viejos. Pregunté adónde estaba el cuidador. El petiso se rió moviendo toda la panza “andará borracho, tirado por ahí...”. Se miraron de reojo y seguimos el peregrinaje por los pasillos de tierra.
Minutos después llegamos a una piedra que ponía mi nombre. “Ahora tendrán que mostrarme que la tumba no está vacía, no?” dije mecánicamente, como si se tratara de otro. Me miraron con sorna, el más alto fue a buscar un par de palas y cavaron durante más de una hora.
Yo aproveché para recorrer el sitio. Los retratos incrustados en las placas me resultaban familiares. Regresé con el estómago revuelto, me costaba respirar.
“¿Y qué si tuvieran razón, si he muerto hace catorce años?” pensé. En ese caso la vida del más allá era igual a la anterior, “el cielo no puede ser esta mierda” me dije. Era evidente que se trataba de un error administrativo.
A medida que me acercaba a la tumba exhumada percibía el amontonamiento de barro presuntuoso como a punto de derrumbarse encima de mí. Los funcionarios descansaban apoyados en las palas y por sus fosas nasales se escapaba un sopor turbio. “¿Una caladita?” me convidó el lungo mostrando sus grandes dientes amarillos. El enano emitió una carcajada. “¡Abran esa caja de una puta vez!” grité fuera de mí. Obedecieron.
La tapa chirrió. A esa altura había anochecido completamente, un vaho podrido emanaba del barro. Sentí un alivio absurdo, “aquí no hay nada” llegué a decir. Y me desperté entre estas paredes de madera.

A.

 Una voz arrugada te nombra
aunque ya no existas.
Voy quitándome los ojos
y en lo negro
germinan despojos, cuerpos al revés.
Son madres con vientres vaciados
que te sueñan.
¿Será así la muerte, compañera?
¿Será como un hueco
en el centro de uno mismo?
Tu pelo, tu dirección
se borran de la agenda.
Es el tiempo, vacío redondo
que cava y espera.
La ciudad esconde a sus muertos
y te dejo en paz.
Ojalá una tarde que no duela tanto
te encontrara por las calles
de otra vida en esta.

Poema rojo

No tengas miedo
cuando me acerque a tu sangre y me la beba,
cuando te muerda la pena,
y el silencio se llene de un crujido extraño.

Mi boca estallará con tu nombre.
Un murmullo te desvestirá en pedazos.
Y seré un sueño tuyo que se infiltra. Drácula de amor, ensangrentado.


En esa soledad secreta
menos solos que siempre.
Para resurgir nocturnos,
refugiados del olvido.
Desarmados.
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Lapiedá bar

“S i te f u e r a s de u n a puta v e z no s e n t i r í a este v a c í o” gritaba el poeta borracho. Ella estaba lejos o no existía, eso apenas importaba. En ese antro se decía que el poco oxígeno y el olor a meo atenuaban los recuerdos, quizá por eso la escasa concurrencia acostumbraba convocar a sus fantasmas. Allí se les teñía por igual la ropa con el humo, eran todos espectros amarronados de diferente material. El poeta también. Hacía veinte años que su poesía consistía en encastrar piezas en una fábrica.
Esa madrugada una mujer ancha y pintarrajeada se le acercó y le dijo “Soy yo, poeta”. El poeta cesó su monólogo aturdido y la miró como si revolviera cajones. Un momento después le sobó la pierna con delicadeza y descubrió las medias caladas. Los del tugurio festejaron que por fin se callara e hicieron bromas obscenas. El poeta miró el suelo y la mujer lo besó engrasándolo de fucsia. Un perfume le llenó los ojos de un agüita marrón. Ella se puso el abrigo con una cadencia triste, le acarició la cara y forzó un “Pero ya no te quiero” antes de cruzar el bar. El poeta penó su taconeo, algunos juran que murmuró gracias.

Impar

Le dolía esa pierna. No había quemazón más insoportable, lo aquejaba hacía años. Y encima los calambres se hacían cada vez más frecuentes. Se miró al espejo, pensó que ya era hora de afeitarse. Aquella cara había sido objeto de una conquista silenciosa, la tristeza avanzaba inexorable.
Que se hallaba enojado consigo mismo ya no era una novedad para nadie. Por qué mierda se empeñaba su cuerpo en extrañar lo inexistente, si físicamente no estaba, si el médico no había dudado un instante en amputar. La prótesis hacía que su vida siguiera siendo la que era y ese era el problema: antes del accidente su vida tampoco le gustaba, era como una fruta podrida en la boca, una especie de hambre sin estómago, de vacío constante.
Ella lo habría cuidado, se habría quedado a su lado. Hizo bien en mentirle. Ella quería hijos y eso era una locura. Seguro habría quién la quisiera tanto, pasaría el tiempo y lo entendería, claro que sí, era mejor que se largara, mejor así. Si no fuera por aquella tarde donde todo quedó en evidencia, donde bastaron tres segundos para que la moto le aplastara la pierna, nadie lo hubiese notado; hombres impares los hay por doquier. Pero una pérdida se sumó a la otra con una naturalidad inquietante, desde entonces no hubo más que ausencias hacinadas en los armarios. Y para colmo los días de humedad se enfurecían los fantasmas; y a él le dolían tanto Ella, los espejos rotos, la maldita pierna.

Don Salva

El señor Salvador dormía en la puerta de una farmacia, enfrente de una panadería que le brindaba sus cenas en bolsas de plástico.
Tenía casi setenta años y era una persona bastante alegre. Hacía tiempo que lo desvelaba una afición: recolectar palabras.
Cuando en la ciudad se estrellaba la última luz, Salvador ponía en marcha su carrito y recorría kilómetros en busca de letras pegoteadas y perdidas entre la basura.
Había quienes se deshacían de ellas por ser de temporadas pasadas; otros, debido a traumas familiares o cacofonías, había de todo. Sin embargo, las preferidas de Salvador eran las apolilladas ya que les colocaba remiendos semánticos y quedaban como nuevas.
En el bolsillo del saco guardaba un “CARAY” como si se tratara de una pieza de colección. Pero tenía otras especiales, insultos como “PELELE” seguían divirtiéndole mucho. Poseía en su haber tanto palabras enloquecidas como fósiles lingüísticos. Algunas mordían, otras simplemente lo ignoraban.
A veces las palabritas que hallaba estaban rotas o en mal estado. Las alimentaba con tinta si hacía falta y, de no haber más remedio, las enterraba en el parque construyendo una fosa pequeña para cada una.
Una noche abrió una caja de cartón y, entre cáscaras de papas y restos café, encontró “DIOS”. Al principio no dio crédito a lo que veía. La sacó con cuidado, la limpió con el puño y se la abrochó en el ojal. De regreso a la farmacia pensó todo el camino en lo que le acababa de suceder, también en que el estómago le hacía ruido. Se sintió algo cansado.
Fue al cruzar la avenida que no vio ese taxi, y la ambulancia llegó diez minutos tarde. Los testigos afirman que no encontraron manchas de tinta sobre el pavimento (todas las palabras salieron ilesas, según dicen, de puro milagro).

Desretrato

Con clavos en los ojos,
miro la pared.
Pienso en vos.

Los dedos
se beben mi sangre.
Tu boca viaja hacia mí
y besa mi piel amarga.

Luego todo me fagocita entera.
Quién me habrá mandado
a pensarte.

Ya disuelta en tu estómago,
te espío.
Me recordás
con los libros de inglés,
como si fuera aún aquella tarde.

Pero hoy estamos solos,
uno dentro del otro.

El recuerdo no es más
que un juego de cajas chinas.

Observamos paredes
y la tarde
aniquila retratos.
Los clavos se oxidan.

Edén (Diálogo con El Tercer Hombre, de Gilda Manso)

Foto Stéphane Fugier
En este caso, el Edén era su cuello y ella lo sabía. De allí habían sido expulsados los infieles.
Pero la fidelidad no tenía nada que ver con aparatos reproductivos ni cavidades, no. La única condición que ella ponía a sus amantes era no traicionarse a sí mismos. Y en su mayoría caían muertos como insectos, pegados a un veneno ególatra, lejos del deseo.
Ella los enterraba uno a uno. Su nuca se había convertido en un cementerio de hombres. Algunas noches creía sentir lenguas fantasma arrastrándose por su espalda, almas en pena en busca de identidad. Pero una ducha fría le devolvía la calma y se dormía.
Una tarde, mientras leía cerca de una ventana, algo le escoció debajo de la oreja y se rascó intensamente. Se miró la mano y debajo de sus uñas encontró restos de Polifemo. Era normal que se preguntara qué podía hacer un cíclope en su jardín y quién lo había invitado. Sin embargo lo primero que pensó fue que estaría lastimado y fue a encontrarse con él.
Detrás de un arbusto, cerca de su pelo, algo roncaba; ella se acercó despacito. Había leído sobre estos monstruos mitológicos pero no se imaginaba que dormidos tuvieran tal belleza. Se recostó a su lado y le acarició el ojo. Polifemo se despertó de mal humor porque tenía cosquillas. Se miraron. Es que Cortázar tenía razón, de muy cerca y respirando confundidos, eran dos los cíclopes. Tres ojos y dos cíclopes, pensó ella.

*En diálogo literario y experimental con el relato El Tercer Hombre, de Gilda Manso.




A la bestia literaria, sin sábanas.

Futuro

Salía de la oficina cuando una vieja le cortó el paso y capturó su mano. Él no opuso resistencia y la ancianita recorrió con el dedo índice la primera línea de la palma izquierda. Luego le dijo “usté tendrá una vida mu’laaarga”.
El hombre le puso una moneda en el bote con un gesto de gratitud y comenzó sus cálculos mentales mientras se subía al coche. Le faltaban sólo treinta y tres años para terminar de pagar la hipoteca. Para entonces, sus hijos ya se habrían ido de casa y tendría más tiempo para gozar de cierta intimidad con su mujer. Terminó de convencerse al accionar el picaporte.
Su casa era un gran muro y él un fantasma con llave. Abandonó el maletín sobre el sofá y su esposa le dio la bienvenida a su manera “te has olvidado de pagar la luz”. Era una mujer enorme con ojos pequeñísimos. Besó su boca carnosa y se bebió todo el plato de sopa que ella le puso delante.
Poco después la mesa quedó mitad desierta, se continuó el silencio largo. Una náusea le subió desde el estómago. Los niños ya dormían. La rutina. Volvió a mirarse la mano, estaba sudada. Esa noche todo le resultaba particularmente triste. Observó la cercanía de las venas azules, se quitó la corbata. “Quién me habrá mandado a meter la nariz” suspiró, encerrado en el
futuro.

Hogueras


Ojos prestados: Charles Baudelaire
Los poetas plásticos
se otorgan distinciones
y se lamen con vehemencia
en hoteles de invierno.
Publican ciudades,
las ocupan con sus bronces
y escupen los carozos
desde balcones suicidas.

Abajo están los otros,
los que enguantan pies
y enzapatan manos,
minúsculos obreros
de fábricas dialécticas.
Contrabando de luces
en talleres sin ventanas
que pudren, hieden, molestan.
No les quedan a estos
trenes ni pelos por perder,
ni premios por ganar
que de verdad existan.
Mueren
malditos, despreciados, destripados
para que la poesía viva.