![]() |
Foto Stéphane Fugier |
Pero la fidelidad no tenía nada que ver con aparatos reproductivos ni cavidades, no. La única condición que ella ponía a sus amantes era no traicionarse a sí mismos. Y en su mayoría caían muertos como insectos, pegados a un veneno ególatra, lejos del deseo.
Ella los enterraba uno a uno. Su nuca se había convertido en un cementerio de hombres. Algunas noches creía sentir lenguas fantasma arrastrándose por su espalda, almas en pena en busca de identidad. Pero una ducha fría le devolvía la calma y se dormía.
Una tarde, mientras leía cerca de una ventana, algo le escoció debajo de la oreja y se rascó intensamente. Se miró la mano y debajo de sus uñas encontró restos de Polifemo. Era normal que se preguntara qué podía hacer un cíclope en su jardín y quién lo había invitado. Sin embargo lo primero que pensó fue que estaría lastimado y fue a encontrarse con él.
Detrás de un arbusto, cerca de su pelo, algo roncaba; ella se acercó despacito. Había leído sobre estos monstruos mitológicos pero no se imaginaba que dormidos tuvieran tal belleza. Se recostó a su lado y le acarició el ojo. Polifemo se despertó de mal humor porque tenía cosquillas. Se miraron. Es que Cortázar tenía razón, de muy cerca y respirando confundidos, eran dos los cíclopes. Tres ojos y dos cíclopes, pensó ella.
A la bestia literaria, sin sábanas.