Que se hallaba enojado consigo mismo ya no era una novedad para nadie. Por qué mierda se empeñaba su cuerpo en extrañar lo inexistente, si físicamente no estaba, si el médico no había dudado un instante en amputar. La prótesis hacía que su vida siguiera siendo la que era y ese era el problema: antes del accidente su vida tampoco le gustaba, era como una fruta podrida en la boca, una especie de hambre sin estómago, de vacío constante.
Ella lo habría cuidado, se habría quedado a su lado. Hizo bien en mentirle. Ella quería hijos y eso era una locura. Seguro habría quién la quisiera tanto, pasaría el tiempo y lo entendería, claro que sí, era mejor que se largara, mejor así. Si no fuera por aquella tarde donde todo quedó en evidencia, donde bastaron tres segundos para que la moto le aplastara la pierna, nadie lo hubiese notado; hombres impares los hay por doquier. Pero una pérdida se sumó a la otra con una naturalidad inquietante, desde entonces no hubo más que ausencias hacinadas en los armarios. Y para colmo los días de humedad se enfurecían los fantasmas; y a él le dolían tanto Ella, los espejos rotos, la maldita pierna.