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Foto Hans Bellmer |
Como un carnicero de la hermosura se abocó a la tarea de unir la espalda hasta que esa boca impune le prometió su lengua. Recordó su nombre pequeño, se secó el sudor. La aguja prosiguió por los jirones como una víbora de metal. El punto final era prometedor, llegarían luego aquellos pies diminutos a ultimar su obra.
Casi estaba lista. Los rizos rojos asomaban de la bolsa y los colocó donde debía. La habitación era una orgía de perfumes, el olor a formol se evaporaba.
Cortó el hilo con los dientes y la colocó de pie, las costuras no afeaban su naturaleza divina. Imaginó su voz, pasó su mano por las superficies rugosas y lo comprobó: la carne de su memoria era perfecta.
Cortó el hilo con los dientes y la colocó de pie, las costuras no afeaban su naturaleza divina. Imaginó su voz, pasó su mano por las superficies rugosas y lo comprobó: la carne de su memoria era perfecta.