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Foto Dave McKean |
El zoo ardía en esperanza de oseznos. Los niños se asomaban, animados por sus padres, para espiar a la pareja: un par de osos polares que se bañaban en la piscina. Nadie sospechaba esa piel negra debajo del pelaje atrayendo la radiación solar, tampoco conocían su hábitat ni su forma de vida. Allí se reducían a bestias ancestrales a las que el género humano había privado de identidad. Rastreaban en vano el aire en busca de crías de foca, mientras los visitantes aplaudían sus gruñidos y se entusiasmaban ante cualquier signo de desesperación. El Hombre contemplaba su obra maestra, la ferocidad del mundo rendida a sus pies.
Los cuidadores del zoológico municipal esperaron con paciencia la multiplicación del negocio. Pero había un problema: el animal visitante no daba signos de amor y cortejo hacia su pareja. Ellos, haciendo gala de su inteligencia, se obstinaron en que su naturaleza tarde o temprano cedería. Les llevó dos años advertir que Tsuyoshi también era hembra.