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Foto Antonio Mas Morales |
El señor Flores también sentía debilidad por los gatos del descampado y cada vez que podía les convidaba restos de pescado. Tenía a dos preferidos: uno era huraño y tuerto, el otro siempre aparecía cojo por peleas callejeras. Además había perros en el baldío. El más pequeño tenía un gruñido agudo que al señor Flores le provocaba risa, y lo dejaba dormir cerca de él. Ninguno tenía nombre y de cuando en cuando irrumpían atropellados. Todos parecían esperar su turno. Eso pensaba el señor Flores, mientras se agachaba con dificultad para llenarles el cubo con agua.
El señor tenía tres hijos, uno de ellos vivo. Le gustaban las tardes de sol y el sonido de las bicicletas al rodar por el cemento. A veces le venía toda la memoria de repente y se le metía en el zapato. Era una gran piedra gris, su memoria. Esa tarde se precipitó una tempestad mientras las tripas le hacían ruido. El señor Flores se refugió bajo la chapa. Después arrimó su banquito y lo secó con cuidado. Volvió a mirar las hojas sueltas del periódico y caviló “debe ser el diario de mañana”.