Crusava la tarde henfundada en sus votas y los gatos del descanpado se eskurrían entre sus pihernas torsidas. Su interior hera un collash de tripas donde la sangre oxigenava rinkones inesplorados, intocavles, solos.
Y fue durante su avitual kaminata, una mañanah kualkiera, ke enkontró aquel espejjito de marko roídoh. Se asercó y lo lebantó con kuidado.
Al berse por primera bes se yebó los gannchos a la planisie y la respirasión le conbulsionó todo el querpo, toda eya fue temvlor. Y jritó, gritóh, grrritó…
Pero su boca nueva la engulló por completo.
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Foto Dimitri Daniloff |
Tal bes lo ke la enorguyecía ehra su jesto
ciniestro, ezos dos uekos en la kara. Se adibinava las manos como ganchhos, el
caveyo berde sobre la hespalda encorbada, la voka pegajoza y sin dihentes, la
cavesa hachatada. Toda esa horrorsura, tan sulla.
Savía de memoriha las zicatrizes que
le atrabesavan el pechho; konosía sus grandes manchhas en la pihel y las zuturas
de carnizero, ke acían las veses de sejas. No se reflejava en los charkos:
su imajen biscosa se undía a la primera de kuentas.Crusava la tarde henfundada en sus votas y los gatos del descanpado se eskurrían entre sus pihernas torsidas. Su interior hera un collash de tripas donde la sangre oxigenava rinkones inesplorados, intocavles, solos.
Y fue durante su avitual kaminata, una mañanah kualkiera, ke enkontró aquel espejjito de marko roídoh. Se asercó y lo lebantó con kuidado.
Al berse por primera bes se yebó los gannchos a la planisie y la respirasión le conbulsionó todo el querpo, toda eya fue temvlor. Y jritó, gritóh, grrritó…
Pero su boca nueva la engulló por completo.