
No sangró. Los golpes le mezclaban los recuerdos, al fin y al cabo no eran tantos. Algunos huesos le crujían en la espalda pero no sintió dolor, el descenso parecía inagotable y empezaba a impacientarse (siempre se inquietaba).
Ya casi llegaba pero no, todavía no, quedaba un tramo más por bajar. A medida que resbalaba sobre el metal, su piel se poblaba de escamas. Por suerte, justo antes de que dejara de respirar, el opérculo comenzó a articularse. La aleta caudal le funcionaba también. Así que llegó a la humedad, infierno del agua. La muerte no era tan grave (nunca lo era).