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Foto Robert Gligorov |
Eran las once de la noche y ella no volvía. Los niños se reflejaron al espejo y vieron a dos enanos, uno de cuatro y otro de seis. Temían que al regresar descubriera la marca del pozo del jardín y algún rastro en la pala. La mujer era altísima y les preparaba café con leche templada. A veces no había más que eso para cenar. Ellos la observaban revolver el cacharro sobre el fuego y sentían que los entibiaba también.
Ese lunes era demasiado tarde. No sabían encender la hornalla y se metieron en la cama vestidos. Pensaban que iba a retarlos por lo que habían hecho y, más que hambre, tenían miedo. El más grande se asomó a la ventana y vio acercarse una sombra. Esperó a que la cerradura hiciera el chirrido acostumbrado antes de volver a taparse.
Una mano callosa recorrió las cuatro mejillas, se quitó los zapatos, les puso otra manta sobre la cama y apagó la luz.
Mientras tanto, en el patio, al pie de un árbol, emergía un piquito del barro. A su lado, una pala de plástico. Y sobre ella la sombra del nido.
Ese lunes era demasiado tarde. No sabían encender la hornalla y se metieron en la cama vestidos. Pensaban que iba a retarlos por lo que habían hecho y, más que hambre, tenían miedo. El más grande se asomó a la ventana y vio acercarse una sombra. Esperó a que la cerradura hiciera el chirrido acostumbrado antes de volver a taparse.
Una mano callosa recorrió las cuatro mejillas, se quitó los zapatos, les puso otra manta sobre la cama y apagó la luz.
Mientras tanto, en el patio, al pie de un árbol, emergía un piquito del barro. A su lado, una pala de plástico. Y sobre ella la sombra del nido.